
El joven árido, había pasado sus años cuestionando todo tipo de existencia, convirtiéndose en un adolescente estructurado, vengativo y muy estudioso. En su mente ya había sido iniciada su lucha en contra de la humanidad pacifista ¿Quién mejor que él para privar al pueblo de la majadería y la inmoralidad creciente? Habían pasado muchos años en los que había visto los extremos más absolutos de los hombres y mujeres, que se encontraban desposeídos de representaciones de control. Otto sintió el llamado desde la repugnancia más alta de la humanidad, concibiendo el llamado de la disciplina forzada; un cargo que buscaba hace años y pensaba merecer como nadie: el controlador de los sin ley. El personaje que debía tomar las decisiones absolutas de la nueva era.
Es así, como nuestro joven camarada, proveniente de las afueras de Berlín, inició un encierro personal, para diseñar el plan de intervención de masas. Aterrorizaban a su mente las conductas diarias de la supuesta humanidad, la que él no catalogaba como efectiva, por sus dotes de estupidez y poca vergüenza. El último de los Bichulek sólo veía ratas corriendo por la ciudad; la única solución era comprar ese veneno que lo liberara, hacía un mundo prospero, pensado en las nuevas generaciones… sus nuevas generaciones de principios y virtudes relevantes.
Finalmente había llegado el día esperado, dónde el buen muchacho europeo surgió de los muros de su habitación, para limpiar la basura de los callejones. Organizó escuadrones de batalla y barridas pro humanidad. No tenía como perder. Sabía que finalmente el mundo podría ser un lugar mejor, en el que mirara a sus padres con el pecho inflado. Entendía que el mundo podría ser reconocido y llamado como siempre se debió llamar: el mundo de Otto Bichulek...
Finalmente el niño despertó llorando, a causa de la terrible pesadilla que le había tocado vivir.
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